IslandWines
Noticias

Noticia

Los vinos de isla según Pascaline Lepeltier: de realidad dispersa a categoría global

 

Los vinos de isla según Pascaline Lepeltier: de realidad dispersa a categoría global Pascaline Lepeltier, sommelier francesa con veinte años de experiencia y diecisiete en Nueva York como compradora de vino, dedicó su ponencia en Tenerife a algo que, paradójicamente, nunca había analizado en profundidad: el concepto de “vino de isla”. Partiendo de su doble formación —filosofía y sumillería— planteó una pregunta central: ¿cuándo deja de ser “vino de isla” una mera descripción geográfica para convertirse en una verdadera categoría conceptual y comercial?

Lepeltier recordó que las islas han producido vino desde siempre: de Chipre y Madeira a Tasmania. Sin embargo, durante siglos se hablaba de Sicilia como parte de Italia o de Santorini como parte de Grecia, sin agruparlas bajo una noción común de “vino insular”. Citó al comerciante parisino André Julien, que en 1806 catalogó los viñedos del mundo describiendo también islas como Madeira, Azores o las islas griegas, pero siempre de forma geográfica, nunca como un conjunto conceptual. Su tesis es que la categoría “island wine” tal como hoy se maneja en el sector nace en realidad hace apenas 20–25 años, cuando medios, sumilleres y mercado empiezan a tratarla como una familia coherente con identidad propia.

Para mostrar la diversidad que se esconde tras esa etiqueta, contrastó ejemplos extremos: los viñedos de altura en La Palma o los paisajes lunares de Lanzarote frente a Long Island, plana, cercana a Nueva York y con una viticultura moderna iniciada en los años 70. Bajo el mismo rótulo “vino de isla” conviven topografías extremas, aislamiento genético, presiones turísticas o historias coloniales muy distintas. El concepto, útil comercialmente, tiende a simplificar realidades muy complejas.

Grecia aparece en su relato como uno de los puntos de partida del prestigio moderno de los vinos insulares. De las 33 PDO griegas, 18 están en islas, y buena parte de los vinos de calidad del país se han desarrollado precisamente allí. Lepeltier subrayó el papel pionero de Santorini: paisaje icónico, la variedad Assyrtiko, el paso de estilos dulces y oxidativos a blancos secos tensos y “minerales”, y el empuje del enoturismo desde principios del siglo XX. A ello se suma la diáspora griega y la difusión internacional de la dieta mediterránea, que hicieron de Santorini uno de los primeros “modelos mediáticos” de vino de isla. Otros territorios, como Zakynthos con su histórico Verdea, han podido sobrevivir y reposicionarse gracias a que hoy existe un mercado preparado para pagar por vinos patrimoniales complejos y costosos de producir.

Un segundo gran eje de la ponencia fue Córcega, ejemplo de crisis y renacimiento. Tras la llegada de colonos “pieds‑noirs” en los años 60, la isla vio crecer su viñedo de 5.000 a 32.000 hectáreas, plantadas en buena parte con variedades como Alicante Bouschet para granel, diluyendo la identidad local. El conflicto cristalizó en el ataque nacionalista a una cooperativa en Aleria en 1975. En pocos años, el viñedo se redujo a unas 8.000 hectáreas y se abrió una profunda crisis. A partir de los 80, un puñado de viticultores visionarios decidió recuperar variedades autóctonas y estilos propios, apoyados por políticas de preservación y por importadores como Kermit Lynch, que empezó a introducir vinos corsos en Estados Unidos cuando casi nadie creía en ellos. Hoy, productores como Jean‑Claude Abatucci, con sus cuvées basadas en viejas parcelas de variedades corsas conservadas a propósito, encarnan un éxito económico impensable hace décadas: tintos muy buscados en la alta restauración internacional.

Lepeltier situó el caso de Sicilia y, en particular, el Etna como pieza clave en la consolidación del vino de isla como categoría atractiva. A inicios de los 2000 se populariza el discurso sobre los “vinos volcánicos”, del ámbito académico al divulgativo, y Etna concentra varias tendencias: suelos volcánicos, viñas viejas, altitud, productores con ambición y, en el caso de Frank Cornelissen, un extranjero con cultura de grandes vinos, visión de mercado y apuesta decidida por la baja intervención. Su trabajo, difundido por importadores como Zev Rovine en EE. UU., aprovechó el auge mundial del vino natural y reforzó la asociación mental entre isla, volcán y vinos de fuerte sentido de lugar.

En el mundo hispano, las Islas Canarias representan, para Lepeltier, una auténtica “revolución copernicana” del relato. Si antes se veían como periferia dentro de España, en la última década ciertos medios estadounidenses han presentado Canarias como símbolo de la “nueva España”. Importadores como José Pastor, que buscaban vinos ligeros, identitarios y alejados del modelo concentrado y moderno, encontraron en productores canarios exactamente ese perfil. La buena capacidad de comunicación de algunos viticultores —idiomas, presencia en redes, narrativa personal— y el trabajo constante en el mercado han hecho que Canarias pase de ser una rareza a un origen de culto en cartas especializadas.

A partir de ahí, Lepeltier defendió que hoy “vino de isla” es ya una categoría plenamente instalada: aparece en artículos generalistas, se usa en la formación de sumilleres y en cartas temáticas, y sirve como atajo para despertar la curiosidad de un público que busca alternativas a los clásicos encarecidos. Eso explica, por ejemplo, el éxito reciente de proyectos en islas históricas como Porto Santo, en Madeira, donde elaboradores como Antonio Maçanita reinterpretan variedades y suelos tradicionales en clave de vinos secos contemporáneos, integrando enoturismo, patrimonio y comprensión fina del mercado global.

La sommelier llevó el razonamiento un paso más allá con Japón, y en particular Hokkaido. Recordó, citando al enólogo Bruce Gutlove, que Japón es en sí mismo un país de islas —unas 40.000— y que su emergente escena vitícola es, por definición, “vino de isla”. Hokkaido, con clima apto para viníferas y la entrada de bodegas de prestigio internacional, se ha convertido en una de las regiones más demandadas en Nueva York, prolongando la tendencia: territorios insulares, aislados climática o culturalmente, capaces de ofrecer perfiles distintos y muy definidos.

En su conclusión, Lepeltier comparó el concepto de “vino de isla” con el de “mineralidad”: ambos surgieron como palabras muy útiles para nombrar realidades difusas, y su éxito los ha vuelto a la vez poderosos y vagos. El reto ahora, sostuvo, es afinar: no meter bajo la misma etiqueta suelos volcánicos y arenales, islas hiperturísticas y enclaves remotos, sino usar la categoría como puerta de entrada, para luego explicar con precisión qué hace singular a cada lugar. En paralelo, alertó de riesgos compartidos: el turismo que fue aliado se convierte en amenaza cuando las islas derivan hacia el monocultivo turístico; la falta de mano de obra dificulta mantener una agricultura exigente; y muchos territorios corren el peligro de convertirse en meros decorados para visitantes. Las islas, concluyó, funcionan como laboratorios a pequeña escala de problemas y soluciones que pronto afectarán también al continente. Entender cómo y por qué han triunfado los vinos de isla —y qué los pone hoy en peligro— es también una forma de pensar el futuro del vino en su conjunto.

Magazine